Un Chocolate, una Conversación y una Gran Verdad

Iba en mi pasola, como casi todos los días, dando una vuelta por mi querido Bonao. En el camino me paré donde Michel, que tiene un negocio muy conocido por aquí. Michel es de esos que nacieron con el don de convencer; si te ofrece algo, seguro terminas comprándolo.

Ese día me dijo: “Prueba este chocolate que hice desde las cinco de la mañana”. Y claro, uno no le dice que no a una persona así. Lo probé… y sinceramente, estaba buenísimo. Tan bueno, que terminé pidiéndole otro, aunque ese ya no fue gratis.

Mientras hablábamos, el tema se fue por otro rumbo: la política. Empezamos a recordar los momentos buenos, los malos ratos, las decepciones, y también esas pequeñas alegrías que hacen que uno siga en esto.

Entre palabra y palabra, Michel me dijo una frase que me dejó pensando, y es la razón por la que estoy escribiendo esto:

“Para los que vemos la política como un medio para desarrollar el país, importa el talento.
Para los que ven la política como un medio de desarrollo financiero, el talento vale un culo.”

Esa frase me golpeó porque trae algo que no siempre se dice claro: la política no es solo discusión y votos, es una batalla con efectos reales. A veces no hablo solo de la muerte física hablo de cuando desaparece el espíritu, la dignidad o la voz de la gente. Hay momentos en que, para calmar a la gente o mantener el orden, se sacrifica a alguien como chivo expiatorio. Ahí es donde aparece el “hijo de machepa”: si no tiene quién lo proteja, lo ponen delante para que otros respiren.

No lo digo para asustar, sino para advertir. Por eso debemos tener mucho cuidado. La lucha política exige inteligencia, unidad y ética. No solo coraje. Porque si vamos solos, sin red, cualquiera nos puede dejar en frente para apagar una crisis momentánea y el golpe no es solo para el que cae, es para todo un pueblo que pierde confianza.

Nosotros, los sin apellido, los que no venimos de familias poderosas ni somos hijos de grandes políticos, tenemos que hacer tanto ruido con nuestro trabajo, con nuestra preparación y con nuestro esfuerzo, que al final nos tengan que tomar en cuenta sí o sí. Y también tenemos que cuidarnos: unirnos, protegernos entre nosotros y construir redes reales que impidan que nos conviertan en moneda de cambio.

Por eso, aunque haya decepciones y peligros, sigo creyendo en la política con propósito. Porque cuando se hace con auténtico amor por la gente y con responsabilidad, deja algo bueno. Y quizás, como el chocolate de Michel, tenga algo en su fórmula que da seguidilla… porque cuando se hace con corazón y con fe, uno siempre quiere volver a intentarlo.

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