Hay momentos que no se olvidan. No por la hora ni por el clima, sino por la lealtad que los acompaña. Esta es la historia de una llamada bajo la lluvia, de un gesto que marcó mi camino político y personal, y de cómo entendí, de la mano de Freddy Fernández, el verdadero valor de la lealtad política en República Dominicana.
Una llamada que cambió el rumbo
Poco antes de la pandemia, una noche cualquiera, me llamó un número desconocido.
—Gabriel, te habla Freddy Fernández. Necesito hablar contigo.
Era cerca de las 10 de la noche y llovía. Yo estaba a pie, pero le dije:
—¿Podemos vernos en mi casa?
—Es que voy rápido a Salcedo y tengo poco combustible —me respondió con una risa que aún recuerdo.
Entonces le dije:
—Está bien, salgo a tu encuentro.
Salí a mojarme sin pensarlo, esperando en un punto de la autopista. Porque hay oportunidades que uno no deja pasar, hay que saber sentirlas e interpretarlas. Y esa llamada no era la excepción.
Cuando llegó, sin rodeos me dijo:
—Gabriel, llegó el momento de activarnos nuevamente y empezar a trabajar por Luis Abinader.
—¿Es la línea del presidente Mejía? —pregunté.
—Sí —me respondió.
—¿Y cuál es la idea?
—Vamos a organizarnos. Nuestra misión es organizar a los compañeros y simpatizantes del PRM, animarlos, registrarlos en la plataforma de victoria electoral para el día de las elecciones gestionar el voto.
Ahí empezó todo. Cada semana nos reuníamos en el mismo lugar: a veces a las 10 p.m., otras a las 12 de la noche. Siempre con tareas claras. Siempre entregando resultados. Y siempre bajo el mismo espíritu: compromiso silencioso y trabajo firme.
Una anécdota bajo la lluvia y el toque de queda
Una noche distinta, de esas que quedan grabadas, iba en mi pasola rumbo a la entrada de Bonao, frente al Típico Bonao. Lloviznaba, y en ese tiempo había toque de queda. En el camino, me detuvo la policía.
—¿A dónde va usted? —me preguntaron.
—A una reunión en la autopista —respondí.
—¿A esta hora?
—Sí, es importante.
El comandante me miró y dijo:
—Pues vamos con usted.
Así que llegué con escolta policial. Al ver a Freddy le dije en broma:
—Hoy vine con seguridad, por si acaso.
Los agentes preguntaron qué íbamos a hacer. Freddy, con la calma que lo caracteriza, les mostró unas cajas de afiches de propaganda.
—Con esto vamos a tumbar al PLD —dijo.
Uno de los policías sonrió y respondió:
—Pues si es así, está bien.
Se fueron. Nosotros nos quedamos. Y seguimos trabajando por un proyecto en el que creíamos profundamente.
Cuando el silencio te pone a prueba
Ganamos las elecciones. Pero pasó el tiempo y no volví a saber de Freddy. Llegué a pensar que todo había quedado ahí. Incluso le dije a Ana:
—Vámonos del país. Nos engañaron.
Pero ese mismo día, volvió a sonar el teléfono. Era Freddy.
—Ven mañana con ropa de trabajo, que tu espacio está aquí.
Así es la lealtad política en República Dominicana cuando se vive de verdad: sin show, sin promesas vacías, cumpliendo con lo que se dice y honrando la palabra dada.
Un homenaje con corazón
Esta historia es una de muchas. Es solo una muestra de la lealtad que Freddy Fernández me ha procesado en estos años. Por eso la escribo, porque hay que rendir homenaje en vida. Porque la lealtad, cuando es real, se moja contigo bajo la lluvia, te espera en la autopista, y te extiende la mano cuando otros te olvidan.
Y porque la política también tiene historias humanas, profundas y auténticas.
Conclusión
La lealtad política en República Dominicana no siempre se da en salones de reuniones ni bajo reflectores. A veces ocurre en una pasola, bajo la lluvia, de noche y en silencio. Y cuando se vive así, deja huellas que no se borran.
Gracias, Freddy Fernández, por enseñarme que la política puede ser también un acto de amistad, entrega y palabra cumplida.
