Lo digo sin rodeos y desde el inicio: soy perremeísta. Creo en este partido, en su origen y en el proyecto político que hoy gobierna la República Dominicana. Lo he defendido cuando ha sido fácil y cuando ha sido incómodo. Precisamente por eso escribo estas líneas con molestia, pero también con responsabilidad. Porque cuando uno cree de verdad, no se queda callado cuando algo se hace mal.
Las declaraciones del diputado José Luis Rodríguez no indignan por el debate porque debatir siempre será sano sino por la forma. Por el lenguaje. Por la ligereza. Por la falta de conciencia de que las palabras, cuando se pronuncian desde una curul, pesan más que cualquier opinión personal.
Y ahí fue donde dolió.
Cuando se cruza una línea peligrosa
Una cosa es tener diferencias internas y otra muy distinta es convertir una sesión legislativa en un escenario de desahogo vulgar y descalificación personal. Eso no es franqueza. No es valentía. Es irresponsabilidad política.
El diputado José Luis Rodríguez no habló solo por él. Habló como diputado del Partido Revolucionario Moderno. Y cuando un legislador del PRM habla sin filtros ni respeto, no se expone solo él: expone al partido, al Gobierno y a una militancia que creyó y sigue creyendo que se puede hacer política con decencia.
Aquí no se puede ensuciar a los nuestros
Y lo digo claro, porque el silencio también comunica. Freddy Fernández y Limber Cruz no pueden ser arrastrados al terreno del insulto y la burla. Son dirigentes que han trabajado, que han dado la cara y que han asumido responsabilidades con seriedad y compromiso.
Si alguien tiene señalamientos, que los lleve donde corresponde. Si existen pruebas, que se presenten por las vías institucionales. Pero usar el micrófono para insultar, celebrar destituciones con euforia y lanzar improperios no es transparencia ni justicia. Es populismo barato.
Defender a nuestros líderes no es encubrir. Es exigir respeto, juego limpio y altura, incluso y sobre todo dentro de nuestra propia casa.
El PRM no puede callar
Aquí el Partido Revolucionario Moderno tiene que actuar. No por presión mediática ni por revancha interna, sino por coherencia. Cuando el partido guarda silencio ante este tipo de conductas, el mensaje que se envía al país es peligroso: que todo vale, que no hay límites, que la indignación justifica cualquier exceso.
Y no. No es así.
Una sanción disciplinaria no debilita al PRM. Lo fortalece.
No divide al partido. Lo ordena.
No silencia voces. Marca límites.
Liderar también es poner freno
La dirección del partido tiene ante sí una prueba de liderazgo real. Corregir a un compañero nunca es cómodo, pero el liderazgo no se mide por la comodidad, sino por la capacidad de hacer lo correcto cuando incomoda.
Poner un límite hoy evita males mayores mañana. Permite que el debate político vuelva a lo que importa: ideas, resultados, políticas públicas y futuro. No escándalos verbales que solo erosionan la credibilidad.
Un cierre necesario
Escribo esto no como adversario, sino como militante. Como alguien que cree en el PRM y que no está dispuesto a defender lo indefendible solo porque viene de uno de los nuestros.
Porque hay verdades que deben quedar claras y repetirse sin miedo:
En el PRM no todo vale.
La curul no da licencia para insultar.
La palabra también compromete.
Quien habla sin respeto, le falla al partido que dice defender.
El diputado José Luis Rodríguez cruzó una línea. Y el PRM tiene la obligación política y moral de decirlo con hechos, no con silencios.
Porque gobernar también es educar con el ejemplo.
Porque la militancia merece respeto.
Y porque este partido nació para ser distinto, no para parecerse a lo que criticó.
