Hay momentos en la vida política nacional en los que uno siente que el ambiente cambia. No es escándalo, no es crisis, es percepción. Y en política, sobre todo cuando se gobierna un país, la percepción también gobierna. No porque el proyecto esté mal, ni porque el gobierno haya perdido el norte, sino porque cuando se gobierna por varios años consecutivos, empiezan a aparecer tensiones naturales, silencios incómodos y conversaciones que ya no se dan con la misma franqueza.
Hoy el PRM, como principal fuerza política del país y partido de gobierno, vive uno de esos momentos.
No lo digo desde una realidad local ni desde la acera de enfrente, ni con ánimo de crear ruido. Lo digo como alguien que forma parte activa del partido, que cree en el proyecto que encabeza el presidente Luis Abinader y que entiende que precisamente por estar dentro, también tenemos la responsabilidad de reflexionar.
Cinco años gobernando: lo que se gana y lo que se puede perder
Gobernar una nación transforma. A las personas, a los equipos y a los partidos. Cinco años en el poder no pasan sin dejar huellas. Se gana experiencia, se fortalece la institucionalidad y se toman decisiones difíciles que no siempre agradan a todos.
El gobierno de Luis Abinader ha mostrado avances claros: orden institucional, respeto a la ley, una visión más moderna del Estado y una narrativa de transparencia que marcó diferencia. Eso es parte del legado que hoy sostiene al PRM como partido de gobierno. Eso no se puede desconocer ni minimizar.
Pero al mismo tiempo, dentro del PRM comienza a sentirse una preocupación legítima: la sensación de que un grupo entiende que ya tiene el control del gobierno y que ese control debe prolongarse indefinidamente, aun cuando eso implique cerrar puertas a compañeros que han esperado su oportunidad durante años.
No se trata de cuotas ni de repartir cargos como botín político. Se trata de equilibrio, de reconocimiento y de no perder el sentido de justicia interna.
Cuando la ambición comienza a tapar el oído
La ambición no es mala. En política, de hecho, es necesaria. El problema surge cuando la ambición deja de escuchar.
En los últimos meses, los cambios en el tren gubernamental, las cancelaciones en algunas instituciones y la llegada de figuras que no necesariamente vienen de la base del partido han generado incomodidad. No porque sean incapaces, sino porque muchos sienten que mientras unos rotan y se mantienen, otros nunca logran entrar.
Ahí es donde nace el malestar.
No es rebeldía. No es conspiración. Es gente que trabajó, que defendió el proyecto cuando no era gobierno, que puso la cara en momentos difíciles y que hoy siente que su sacrificio no pesa lo suficiente en la balanza del partido.
Cuando esas voces no encuentran canales claros para ser escuchadas, el riesgo no es una división inmediata, sino algo más peligroso: la apatía.
El silencio también gobierna, y pasa factura
Un partido puede sobrevivir a debates internos. Lo que no sobrevive es a una base desmotivada.
Si el mensaje que empieza a calar es que solo unos pocos tendrán siempre espacio, mientras otros deben seguir esperando indefinidamente, entonces el problema no es de cargos, es de confianza.
Y la confianza, cuando se rompe, no se reconstruye con discursos.
Por eso, más que ver estas inquietudes como ataques o problemas, deberían verse como una oportunidad. Una oportunidad para corregir, para ordenar, para abrir espacios y para recordar que el PRM nació como un partido diferente, más democrático, más horizontal y más cercano a su gente.
Unidad no es silencio, es equilibrio
La unidad no se impone. Se construye.
Ser parte del PRM no significa aplaudir todo sin pensar, ni callar lo que preocupa. Significa cuidar el proyecto, incluso cuando eso implique decir cosas incómodas con respeto y responsabilidad.
Hoy más que nunca, el PRM necesita fortalecer sus mecanismos internos de diálogo a nivel nacional, escuchar a su base, reconocer el trabajo acumulado y evitar que la percepción de exclusión se convierta en un problema mayor.
El gobierno debe seguir gobernando bien. El partido debe seguir organizándose mejor. Y ambos deben recordar que el poder es prestado, pero la gente que sostiene los proyectos es permanente.
Mirar hacia adelante sin dejar a nadie atrás
El PRM tiene todavía mucho que aportar al país. Tiene liderazgo, tiene estructura y tiene una oportunidad histórica de consolidarse como una fuerza política madura.
Pero para lograrlo, debe cuidar algo esencial: que nadie sienta que sobró.
Hablar de esto no nos hace menos leales al PRM ni al presidente Abinader. Al contrario, nos hace más responsables con el proyecto que decidimos defender.
Porque cuando un proyecto es de verdad colectivo, siempre hay espacio para escuchar, corregir y avanzar juntos.
