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Temer a la política: una reflexión desde la juventud dominicana

Hay algo que no se dice mucho en voz alta, pero que muchos jóvenes que hacemos política sentimos: he empezado a temerle a la carrera política.

Y no, no es miedo al trabajo, ni a la responsabilidad, ni a dar la cara. Es miedo a un sistema donde parecería que no hay forma de crecer sin que, automáticamente, se te acuse de robo, corrupción o malas intenciones. Un sistema donde la reputación se cuestiona primero y la justicia —cuando llega— suele ser la última en hablar.

Lo digo desde la experiencia, no desde la queja. Porque cuando uno decide entrar en política siendo joven, lo hace con más ideales que estructuras, con más convicción que protección. Aun así, cada paso hacia adelante parece venir acompañado de sospechas.

Crecer en política bajo sospecha permanente

En la política dominicana, crecer se ha vuelto sinónimo de exponerse. No importa si vienes del trabajo comunitario, del activismo social o del deseo genuino de servir: basta con avanzar para que aparezca la duda.

Vivimos tiempos donde señalar es más fácil que participar. Criticar desde la grada se ha convertido en un deporte nacional. Sin embargo, muchos de los que atacan a los jóvenes políticos no están dispuestos a asumir el reto que tanto exigen: involucrarse, organizarse, someterse al escrutinio público y demostrar cómo según ellos se deben hacer las cosas.

Esa contradicción no solo golpea a quien participa. Envía un mensaje peligroso a toda una generación: mejor no te metas.

Cuando la justicia llega tarde

Una acusación, incluso falsa, corre más rápido que cualquier aclaración. El daño es inmediato; la verdad llega tarde y casi siempre sin el mismo eco.

Este desequilibrio no afecta solo a los políticos. Afecta a la democracia. Porque desincentiva la participación, frena el relevo generacional y deja el terreno libre a quienes saben moverse cómodamente en la desconfianza.

Exigimos políticos honestos, preparados y comprometidos, pero destruimos a los jóvenes que intentan formarse dentro del sistema. Así no se limpia la política; así se espanta a quienes podrían transformarla.

El problema no es la crítica, es la ausencia de compromiso

La crítica es necesaria. Siempre lo será. Pero criticar sin involucrarse no cambia nada. Exigir sin asumir responsabilidades también es una forma de evasión.

Cuando los jóvenes con principios se retiran, otros ocupan su lugar. Siempre. Y luego nos preguntamos por qué las cosas no cambian.

A pesar del miedo, seguimos

Sería deshonesto negar el miedo. Existe. Pero hay algo más fuerte: la convicción de que abandonar la política no es una opción para quienes creemos en hacer las cosas bien.

La política no debería sentirse como un acto de valentía extrema, sino como un compromiso natural con la sociedad. Cambiar las cosas desde fuera es cómodo; transformarlas desde dentro es difícil, incómodo y muchas veces ingrato… pero necesario.

La política no debería dar miedo.
Por eso algunos decidimos quedarnos.

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